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viernes, abril 01, 2016

Tras la era del terror

En “Alaska” hay un monumento dedicado a las hermanas Mirabal, que estuvieron recluidas un tiempo en La Victoria. El sargento José Lugo, vecino del lugar, lo sabe como lo supo su padre, también policía, que trabajó mucho más tiempo que él como custodio en el penal. Lugo también recuerda que la gente hablaba de un pozo en las inmediaciones, donde los enemigos de Trujillo eran arrojados para ser desaparecidos.
Juan Montero Trinidad, de 65 años y con una condena a 30, es posiblemente el interno más viejo de La Victoria, con exactamente 25 años cumplidos. Dice también que había un tanque con una escalera por donde tiraban a los internos muertos: luego se lo llevaron. “Trinidad”, como le llaman aquí, vio crecer desde la cárcel a sus 7 hijos, a sus 17 nietos. “Caí en el 91 cuando esta cárcel era una selva de hombres salvajes”, cuenta. “La Victoria tiene su historia. Yo he visto morir aquí a más de doscientas personas”: internos que no aguantaban el frío en “Alaska”, que morían de a dos en un baño que ahora es el Economato.
El catedrático Santiago de la Cruz, que ha recogido de primera mano el testimonio de varias personas, dice que a las 6:00 de la tarde los ezbirros de la Dictadura salían de la prisión con los cadáveres para desaparecerlos por Metaldom, en una camioneta manejada por un tal Guzmán, o para enterrarlos en una fosa común en un cementerio ubicado a la entrada del pueblo de La Victoria.

Fue un santiaguero, Melanio Pacheco, quien vio un día a tres muchachos, integrantes de una familia amiga de Santiago, presos políticos, a quienes mataron en La Victoria, y los sacaron de allí en una carreta jalada por caballos en la que sacaban la basura. Pacheco, que siguió al cortejo y colocó una cruz en cada tumba de los asesinados, se salvó porque se le ocurrió decirle a la autoridad que había hecho una promesa a su madre, de colocar una cruz a cualquier tumba que no la tuviera.

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