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lunes, mayo 30, 2016

El Sur espera soluciones a sus precariedades

Doña Mariana Cuello, de 90 años, residente en uno de los suburbios de Barahona, a 201 kilómetros al Suroeste de Santo Domingo, aspiraba hace cinco años a vivir en un techo digno, antes del ocaso.
Paradójicamente, aun en buena vejez, su casucha de zinc, madera de palma y piso de tierra, apenas cuenta con un fogón de tres piedras y leñas para cocinar los pocos comestibles que consigue.
“Espero que un buen samaritano, de esos que son buenos y solidarios, me ayude a construir mi casita en la que pueda pasar el resto de mi existencia en condiciones más dignas”, había dicho doña Mariana, en octubre de 2011. 
Casi un siglo de existencia y fue imposible superar la pobreza extrema. Como ella, miles de sureños malviven en igual o peor situación justo en pleno siglo XXI, de espaldas a la modernidad, a la tecnología y con diversas carencias para subsistir.  

Nunca apareció el buen samaritano. Tres años después llegó el ocaso y doña Mariana murió sin habitar una casa digna como lo anheló. La pobreza jamás la abandonó.  
Más que una estampa de la realidad sureña, doña Mariana retrata una parte de la región Enriquillo, la cual tiene una tasa de pobreza  69.7%, pese a los enormes recursos que posee esta zona.        Lo cierto es que la región Sur aguarda las soluciones de sus precariedades con urgencia y expectación. Sus habitantes demandan cuestiones tan básicas como agua potable, salud, alimentación y empleo.
Ocho de las diez provincias que conforman la macrorregión Suroeste se inscriben entre las más precarias en el mapa de pobreza del país.
Ese espacio “tórrido y pateado”, en verso del poeta Pedro Mir, comprende una superficie de 17,354.08 kilómetros cuadrados, es decir, el 36% del territorio nacional. Resulta desafiante reconstruir la “Crónica del Sur” afectada por desnutrición, analfabetismo, insalubridad, desempleo, falta de infraestructura y a menudo golpeada severamente por fenómenos naturales. Todavía quedan secuelas del huracán Georges que devastó gran parte de la agricultura e infraestructura del Sur y casi todo el país, en 1998. Cabe citar el impacto que ha tenido la crecida del Lago Enriquillo en tierras productivas y hasta habitables. 

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